Mi llamamiento

No sé cuántos han sentido la angustia de no saber para qué nacieron, de dónde vienen y hacia dónde van. No sé si tú has tenido esa sensación de estar perdido mientras estabas sentado en el asiento de alguna plazuela. A veces sucede, estás perdido.

A pesar de haber nacido y crecido en una familia cristiana no tenía ni idea de que mi vida pudiera tener algún significado, alguna razón de ser. Una de mis características desde niño fue la tristeza. Quizá las constantes necesidades o los problemas familiares me afectaron, en fin, así era yo.

Asistir a la iglesia, participar de las diferentes actividades, cantar un poco, enseñar otro poco. Crecía y se acercaba la hora de decidir. Se acercaba la hora de tomar un camino… el camino.
Las personas más cercanas a mí me daban sus mejores consejos. Me indicaban, según sus experiencias, lo que ellos suponían que sería una buena elección. Y no es que esté en contra de aquellos consejos, pero no eran para mí:

  • Deberías ser arquitecto.
  • Deberías empezar a trabajar, pues ¿para qué estudiar tan
    largamente una carrera profesional?
  • Piensa en algo que te dé réditos económicos, me decía
    otro.

Los consejos venían de todas partes y unos eran mejores que otros, pero no eran para mí. Yo quería servir al Señor.
Por otra parte, manifesté ese deseo a quienes me podían orientar mejor. Lo único que sucedió es que mi angustia aumentó:
“¿Te ha llamado Dios? Si Dios no te ha llamado estás en problemas, Dios no respalda a quien no llama”. Esa fue una de las primeras respuestas que oí al manifestar aquel anhelo de servir a Dios.
Mi angustia era muy profunda. ¿Cómo saber si Dios me llamó?, ¿Qué quieren decir con eso?

Consulté con otros hermanos sobre el tema del llamamiento.
Unos habían escuchado la voz de Dios audiblemente. Otros habían tenido un sentimiento muy profundo que les movió a servir a Dios.
Y otros más que habían tenido la convicción, mientras oraban o leían la Biblia, de que Dios los estaba llamando.
Yo me identificaba más con estos últimos, tenía la convicción que debía servir al Señor… aunque no me hubiera llamado. Era algo así como ser un ofrecido. Defendía mi posición bíblicamente, recordaba que Jesús dijo que la mies es mucha y los obreros pocos… que había escasez de obreros (Lucas 10:2) ¿Cómo podía Dios rechazar a alguien siendo que hay necesidad y escasez de obreros? Lucas 10:2 Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies. (RVR1960)

Recordaba lo que dice el apóstol Pablo, que quien anhela obispado buena obra desea (1 Timoteo 3:1-2); solamente es necesario que el obispo, o dirigente de la iglesia debe ser alguien de conducta intachable.

Cada vez que este tema del llamamiento salía en las conversaciones yo decía, argumentando a mi favor: “La Biblia dice”.

Deseaba darme coraje recordando aquellos pasajes bíblicos que hablan de servir a Dios. Pero me faltaba la aprobación de los hombres; esperaba que me dijeran que sí podía servir a Dios, o “bienvenido al ministerio de los llamados”.
1 Timoteo 3:1 Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea. 2 Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; (RVR1960)

Otro de los pasajes que leí y me bendijo es Éxodo 36:1-2, cuando Dios llama a Bezaleel y Aholiab. Decía en mi defensa: ¿Ven cómo Dios llama a estos dos por sus nombres?

Y ¿ven que hay otros cuyos nombres no son mencionados? Sólo dice: A aquellos cuyo corazón les movió a venir a la obra ¿no es eso suficiente? Y continuaba hablando y diciendo: Yo nunca escuché mi nombre, pero me cuento entre aquellos cuyo corazón les movió a venir a servir a la obra del ministerio, les dije.

Éxodo 36:1 Así, pues, Bezaleel y Aholiab, y todo hombre sabio de corazón a quien Jehová dio sabiduría e inteligencia para saber hacer toda la obra del servicio del santuario, harán todas las cosas que ha mandado Jehová. 2 Y Moisés llamó a Bezaleel y a Aholiab y a todo varón sabio de corazón, en cuyo corazón había puesto Jehová sabiduría, todo hombre a quien su corazón le movió a venir a la obra para trabajar en ella. (RVR1960)

Qué difícil es cuando tú no estás seguro o no te es suficiente lo que Dios ya dijo en su Palabra. Es la palabra de Dios la que debemos creer y la cual debe fortalecernos… no la de los seres humanos, aunque estas palabras sean aparentemente buenas. Recuerda: lo que permanece para siempre es la Palabra del Señor (Mateo 24:35) y los que permanecen para siempre son los que hacen Su voluntad (1 Juan 2:17) Pero como era sincero en lo que sentía y decía, tenía la oposición de quienes estaban de acuerdo en que no se trata de ser ofrecido, sino llamado… mi malestar continuaba.

Fue solamente en un seminario que dictó el famoso Hermano Pablo, quien ya pasó a la presencia de Dios, que mis ideas se aclararon y encontré la respuesta que buscaba… o tal vez alguna forma de Palabra de Dios para mi vida en particular.

Una revelación, diría yo. Él dijo que Dios nunca lo llamó al ministerio, pero que él decidió servirle. Y dio un ejemplo interesante que aclaró mis ideas y despejó mis dudas, dijo básicamente los siguiente:

“Fui a sacar mi licencia como piloto de avioneta. Había practicado mucho, habían pasado muchas horas de entrenamiento y al fin llegó el día del examen. Con el instructor nos elevamos en la aeronave y yo hice todo lo necesario… hice un buen trabajo. Al final llegó el momento de aterrizar. Cuando nos acercábamos a la pista me di cuenta que alumbraba un semáforo con la luz roja y no podíamos aterrizar. Sobrevolamos el área por un momento hasta que tuvimos oportunidad de aterrizar. Qué curioso, dije yo, la luz de aterrizaje es blanca. En ese momento el instructor afirmó: No, es verde. Resulta que yo no podía darme cuenta de que la luz era verde, la veía blanca. Solo entonces supe que tenía un problema en mi visión.

El instructor consideraba que yo no era apto para pilotear una avioneta y me negó la recomendación para conseguir la licencia.
Tenía un gran pesar, quería volar, quería pilotear esa avioneta. Decidí apelar la decisión y buscar al superior de este instructor. Pensaba que tenía que haber una opción, una segunda oportunidad.
El director o encargado de estos asuntos me hizo la prueba de los colores nuevamente y pues sí, yo no distinguía el color verde, lo veía blanco.

¿Qué color es este? – preguntó – rojo – contesté. Pues muy bien, me dijo aquel otro instructor jefe.
Luego el siguiente color: ¿Qué color es? – blanco – contesté. Y me dio el permiso para volar… ¿Por qué usted me da la licencia que el otro instructor me negó? – Pues porque es importante que vea el rojo. Si ve verde o blanco, o ninguna luz puede aterrizar. Pero si ve la luz roja no aterrice, puede ser mortal.

¿Qué tiene que ver esta historia con el llamamiento? Pues mucho. El Hermano Pablo dijo: Avanza. Si quieres servir a Dios hazlo. No mires a los costados, avanza. Avanza en tanto que no veas la luz roja… si vez una luz verde avanza, y si esta es blanca avanza. Y si no ves ninguna luz igual sigue adelante. No esperes a escuchar una voz del cielo pronunciando tu nombre o que un ángel aparezca. La mies es mucha y los obreros pocos, avanza”.

Cuando estaba por terminar su participación dijo: Nunca escuché su voz audiblemente… pero después de tantos años de ministerio puedo mirar atrás y ver que siempre estuvo conmigo. Mientras no veas la luz roja, nunca te detengas.

CONTINUARÁ...

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